Lección 4 – Notas de Elena G. de White

20 07 2011

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III Trimestre de 2011 – La Adoración

Notas de Elena G. de White

ALEGRAOS ANTE EL SEÑOR: EL SANTUARIO Y LA ADORACIÓN


Sábado 16 de julio

En cuanto a la construcción del santuario como morada de Dios, Moisés recibió instrucciones para hacerlo de acuerdo con el modelo de las cosas que estaban en los cielos. Dios lo llamó al monte y le reveló las cosas celestiales; y el tabernáculo, con todo lo perteneciente a él, fue hecho a semejanza de ellas.

Así reveló Dios a Israel, al cual deseaba hacer morada suya, su glorioso ideal de carácter…

Pero por sí mismos, eran impotentes para alcanzar ese ideal. La revelación del Sinaí solo podía impresionarlos con su necesidad e impotencia. Otra lección debía enseñar el tabernáculo mediante su servicio de sacrificios: la lección del perdón del pecado y el poder de obedecer para vida, por medio del Salvador (La fe por la cual vivo, p. 194).

Domingo 17 de julio:

“Y habitaré en medio de ellos”

Durante su permanencia en el Sinaí, Israel recibió lecciones preciosas. Fue un período de preparación especial para cuando heredaran la tierra de Canaán. El ambiente allí era más favorable para la realización del propósito de Dios. Sobre la cima del Sinaí, haciendo sombra sobre la llanura donde estaban diseminadas las tiendas del pueblo, descansaba la columna de nube que los había guiado durante el viaje. De noche, una columna de fuego les daba la seguridad de la protección divina y, mientras dormían, caía suavemente sobre el campamento el pan del cielo. Por todas partes, las enormes montañas escarpadas hablaban, en su solemne grandeza, de la paciencia y la majestad eternas. Se hizo sentir al hombre su ignorancia y debilidad en presencia de Aquel que “pesó los montes con balanza y con pesas los collados”. Allí, por la manifestación de su gloria, Dios trató de impresionar a Israel con la santidad de su carácter y de sus exigencias, y con la excesiva culpabilidad de la desobediencia.

Pero el pueblo era tardo para aprender la lección. Acostumbrado en Egipto a las representaciones materiales más degradantes de la Deidad, era difícil que concibiera la existencia o el carácter del Invisible. Compadecido de su debilidad, Dios le dio un símbolo de su presencia. “Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos”. En cuanto a la construcción del santuario como morada de Dios, Moisés recibió instrucciones para hacerlo de acuerdo con el modelo de las cosas que estaban en los cielos. El Señor lo llamó al monte y le reveló las cosas celestiales; y el tabernáculo, con todo lo perteneciente a él, fue hecho a semejanza de ellas (La educación, pp. 34, 35).

Mientras Moisés estaba en el monte, Dios le ordenó: “Hacerme han un santuario, y yo habitaré entre ellos” (Éxodo 25:8); y le dio instrucciones completas para la construcción del tabernáculo. A causa de su apostasía, los israelitas habían perdido el derecho a la bendición de la presencia divina, y por el momento hicieron imposible la construcción del santuario de Dios entre ellos. Pero después que les fuera devuelto el favor del cielo el gran caudillo procedió a ejecutar la orden divina.

Ciertos hombres escogidos fueron especialmente dotados por Dios con habilidad y sabiduría para la construcción del sagrado edificio. Dios mismo le dio a Moisés el plano con instrucciones detalladas acerca del tamaño y forma así como de los materiales que debían emplearse y de todos los objetos y muebles que había de contener. Los dos lugares santos hechos a mano, habían de ser “figura del verdadero”, “figuras de las cosas, celestiales” (Hebreos 9:24, 23), es decir, una representación, en miniatura, del templo celestial donde Cristo nuestro gran Sumo Sacerdote, después de ofrecer su vida como sacrificio, habría de interceder en favor de los pecadores. Dios presentó ante Moisés en el monte una visión del santuario celestial, y le ordenó que hiciera todas las cosas, de acuerdo con el modelo que se le había mostrado. Todas estas instrucciones fueron escritas cuidadosamente por Moisés, quien las comunicó a los jefes del pueblo (Patriarcas y profetas, p. 356).

Lunes 18 de julio:

Corazones dispuestos

“El tabernáculo fue hecho de acuerdo con el mandamiento de Dios. El Señor suscitó hombres y los habilitó con facultades sobrenaturales para llevar a cabo una obra sumamente ingeniosa. No se permitió que ni Moisés ni sus obreros planificaran la forma ni los métodos de construcción del edificio. Dios mismo trazó el plano y se lo dio a Moisés, con indicaciones definidas en cuanto a su tamaño y sus formas, y los materiales que debían emplearse en la construcción, y especificó cada mueble que se colocaría en él. Le presentó un patrón en miniatura del santuario celestial, y le ordenó que hiciera todo de acuerdo con el modelo que se le había mostrado en el monte. Moisés escribió todas estas indicaciones en un libro y las leyó delante de la gente más influyente.

Entonces el Señor pidió al pueblo que trajera ofrenda voluntaria, para que le hicieran un santuario, de manera que pudiera morar entre ellos…

Era necesario realizar grandes y costosos preparativos. Había que reunir materiales preciosos y costosos. Pero el Señor aceptaba solamente las ofrendas voluntarias. La devoción a la obra de Dios y el sacrificio sincero se requerían en primer lugar a fin de preparar un sitio para el Altísimo. Y cuando ya estaba en marcha la construcción del santuario, y la gente estaba trayendo sus ofrendas a Moisés, y cuando él las estaba presentando a los obreros, todos los hombres sabios que estaban dedicados a la obra evaluaron las ofrendas y vieron que la gente había traído suficiente e incluso más de lo que se podía usar. Y Moisés proclamó por el campamento lo siguiente: “Ningún hombre ni mujer haga más para la ofrenda del santuario. Así se le impidió al pueblo ofrecer más” (La historia de la redención, p. 155).

Hemos de alabar a Dios mediante un servicio tangible, haciendo todo lo que podamos para aumentar la gloria de su nombre. Dios nos imparte sus dones para que podamos también dar, y hacer así que el mundo conozca su carácter. En el sistema judío, las ofrendas formaban una parte esencial del culto de Dios. Se enseñaba a los israelitas a destinar una décima parte de todas sus entradas al servicio del santuario. Además de esto habían de traer ofrendas por el pecado, ofrendas voluntarias, y ofrendas de gratitud. Estos eran los medios para sostener el ministerio del evangelio en aquel tiempo. Dios no espera menos de nosotros de lo que esperaba de su pueblo antiguamente. Debe llevarse adelante la gran obra de la salvación de las almas. El ha hecho provisión para esa obra por medio del diezmo y las ofrendas. Él espera que así se sostenga el ministerio del evangelio. Reclama el diezmo como suyo, y siempre debería ser considerado como una reserva sagrada, a fin de ser colocado en su tesorería para beneficio de la causa de Dios. El nos pide también ofrendas voluntarias y ofrendas de gratitud. Todo esto ha de ser dedicado para la propagación del evangelio hasta los confines de la tierra (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 241, 242).

Dios se ha reservado una porción específica de nuestro tiempo y nuestros medios. Ignorar estos mandatos es robarle a Dios. Los cristianos declaran que sus privilegios son mucho mayores que los que tenía el pueblo judío; por lo tanto no deberían contentarse con dar menos a la causa de Dios que lo que ellos ofrecían. El diezmo era solamente una parte de lo que se requería de ellos. Había numerosas ofrendas, tanto voluntarias como requeridas, en las que expresaban su gratitud y adoración. Las obligaciones actuales no son menores que las de entonces (Review and Herald, 16 de mayo, 1882).

Martes 19 de julio:

El holocausto continuo

Debemos luchar ferviente e incansablemente para alcanzar el ideal de Dios para nosotros. No debemos hacerlo a título de penitencia, sino como la única manera de lograr la verdadera felicidad. El único modo de conseguir paz y alegría consiste en mantener una relación viviente con el que dio su vida por nosotros, que murió para que pudiéramos vivir, y que vive para unir su poder con los esfuerzos de los que están luchando para lograr la victoria.

La santidad consiste en estar permanentemente de acuerdo con Dios. ¿No lucharemos para ser lo que Cristo tanto desea que seamos, es a saber, cristianos en hechos y en verdad, para que el mundo pueda ver en nuestras vidas una revelación del poder salvador de la verdad? Este mundo es nuestra escuela preparatoria. Mientras estemos aquí tendremos que enfrentar pruebas y dificultades. El enemigo de Dios tratará continuamente de apartarnos de nuestra lealtad al Señor. Pero mientras nos aferremos al que se entregó por nosotros, estaremos seguros.

El abrazo de Cristo abarca a todo el mundo. Murió en la cruz para destruir al que tenía el poder de la muerte, y para erradicar el pecado de toda alma creyente. Nos invita a ofrecernos en el altar del servicio como holocausto viviente. Debemos consagrar sin reservas a Dios todo lo que tenemos y somos (Dios nos cuida, p. 265).

En el tiempo del antiguo Israel, los sacerdotes examinaban con ojo crítico toda ofrenda que era traída como sacrificio. Si descubrían algún defecto, rechazaban el animal; porque el Señor había ordenado que la ofrenda fuese “sin defecto”. Hemos de presentar nuestros cuerpos como sacrificio vivo a Dios; y ¿no debemos tratar de hacer la ofrenda tan perfecta como sea posible? Dios nos ha dado todas las instrucciones necesarias para nuestro bienestar físico, mental y moral; y a cada uno le incumbe el deber de poner los hábitos de su vida en conformidad con la norma divina en todo particular. ¿Agradará al Señor cualquier cosa que sea menos que lo mejor que podemos ofrecer? “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón” (Lucas 10:27). Si le amamos de todo corazón, desearemos darle el mejor servicio de nuestra vida, y trataremos de poner toda facultad de nuestro ser en armonía con las leyes que hayan de favorecer nuestra capacidad de hacer su voluntad.

Toda facultad de nuestro ser nos fue dada para que pudiésemos prestar servicio aceptable a nuestro Hacedor. Cuando, por medio del pecado, pervertimos los dones de Dios, vendemos nuestros poderes al príncipe de las tinieblas. Cristo pagó un rescate por nosotros, a saber su propia preciosa sangre. “Por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, mas para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:15). No hemos de seguir las costumbres del mundo.”Y no os conforméis a este siglo; mas reformaos por la renovación de vuestro entendimiento” (Romanos 12:2) (Joyas de los testimonios, tomo 2, p. 214).

Hemos de entregarnos al servicio de Dios, y debiéramos tratar de hacer esta ofrenda tan perfecta como sea posible. Dios no quedará satisfecho sino con lo mejor que podamos ofrecerle. Los que le aman de todo corazón, desearán darle el mejor servicio de su vida, y constantemente tratarán de poner todas las facultades de su ser en perfecta armonía con las leyes que nos habilitan para hacer la voluntad de Dios (Patriarcas y profetas, p. 365).

Miércoles 20 de julio:

Comunión con Dios

Como el velo interior del santuario no llegaba hasta el techo del edificio, la gloria de Dios, que se manifestaba sobre el propiciatorio, era parcialmente visible desde el lugar santo. Cuando el sacerdote ofrecía incienso ante el Señor, miraba hacia el arca; y mientras ascendía la nube del incienso, la gloria divina descendía sobre el propiciatorio y henchía el lugar santísimo, y a menudo llenaba tanto las dos divisiones del santuario que el sacerdote se veía obligado a retirarse hasta la puerta del tabernáculo. Así como en ese servicio simbólico el sacerdote veía por la fe el propiciatorio que no podía contemplar, así ahora el pueblo de Dios ha de dirigir sus oraciones a Cristo, su gran Sumo Sacerdote quien, invisible para el ojo humano, está intercediendo en su favor en el santuario celestial (Cristo en su Santuario, p. 38).

El incienso, que ascendía con las oraciones de Israel, representaba los méritos y la intercesión de Cristo, su perfecta justicia, la cual por medio de la fe es acreditada a su pueblo, y es lo único que puede hacer el culto de los seres humanos aceptable a Dios. Delante del velo del lugar santísimo, había un altar de intercesión perpetua; y delante del lugar santo, un altar de expiación continua. Había que acercarse a Dios mediante la sangre y el incienso, pues estas cosas simbolizaban al gran Mediador, por medio de quien los pecadores pueden acercarse a Jehová, y por cuya intervención tan solo puede otorgarse misericordia y salvación al alma arrepentida y creyente (Patriarcas y profetas, p. 366).

La excesiva corrupción del pecado puede conocerse solamente a la luz de la cruz. Cuando los hombres insisten en que Dios es demasiado bueno para desechar a los pecadores, miren al Calvario. Fue porque no había otro modo por el cual el hombre pudiese ser salvo; porque sin este sacrificio era imposible para la raza humana escapar del poder contaminador del pecado y ponerse en comunión con los seres santos, imposible para ellos llegar a ser partícipes de la vida espiritual; fue por esta causa por lo que Cristo tomó sobre sí la culpabilidad del desobediente y sufrió en lugar del pecador. El amor, los sufrimientos y la muerte del Hijo de Dios, todo da testimonio de la terrible enormidad del pecado, y prueba que no hay modo de escapar de su poder ni esperanza de una vida más elevada, sino mediante la sumisión del alma a Cristo (La fe por la cual vivo, p. 62).

Jueves 21 de julio:

Regocijarse ante Dios

En los tiempos patriarcales, el ofrecimiento de sacrificios relacionados con el culto divino recordaba perpetuamente el advenimiento de un Salvador; y lo mismo sucedía durante toda la historia de Israel con el ritual de los servicios en el santuario. En el ministerio del tabernáculo, y más tarde en el del templo que lo reemplazó, mediante figuras y sombras se enseñaban diariamente al pueblo las grandes verdades  relativas a la venida de Cristo como Redentor, Sacerdote y Rey; y una vez al año se le inducía a contemplar los acontecimientos finales de la gran controversia entre Cristo y Satanás, que eliminarán del universo el pecado y los pecadores. Los sacrificios y las ofrendas del ritual mosaico señalaban siempre hacia adelante, hacia un servicio mejor, el celestial. El santuario terrenal “era figura de aquel tiempo presente, en el cual se ofrecían presentes y sacrificios”(Hebreos 9:9); y sus dos lugares santos eran “figuras de las cosas celestiales”(Hebreos 9:23), pues Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, es hoy “ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre” (Hebreos 8:2) (Profetas y reyes, pp. 504, 505).

Nuestras reuniones deben hacerse intensamente interesantes. Deben estar impregnadas por la misma atmósfera del cielo. No haya discursos largos y áridos ni oraciones formales simplemente, para ocupar el tiempo. Todos deben estar listos para hacer su parte con prontitud, y cuando han cumplido su deber la reunión debe clausurarse. Así el interés será mantenido hasta el final. Esto es ofrecer a Dios un culto aceptable. Su servicio debe ser hecho interesante y atrayente, y no dejarse que degenere en una forma árida. Debemos vivir por Cristo minuto tras minuto, hora tras hora y día tras día. Entonces Cristo morará en nosotros, y cuando nos reunamos, su amor estará en nuestro corazón, y al brotar como un manantial en el desierto, refrescará a todos y dará a los que están por perecer avidez por beber las aguas de vida (Joyas de los testimonios, tomo 2, p. 252).

La música podría ser un gran poder para el bien, sin embargo no aprovechamos como debiéramos esta forma de rendir culto. El canto por lo general se hace por impulso o para satisfacer casos especiales, y otras veces se deja que los que cantan lo hagan cometiendo errores; en esta forma la música pierde el efecto que podría ejercer sobre las mentes. La música debiera tener belleza, sentimiento y poder. Elévense las voces en cantos de alabanza y devoción. Llamad en vuestro auxilio instrumentos musicales, si eso es posible, y asciendan hacia Dios las gloriosas armonías como una ofrenda aceptable.

Pero en ciertas ocasiones es más difícil disciplinar a los que cantan y conseguir que lo hagan en forma adecuada, que mejorar los hábitos de oración y exhortación. Muchos quieren hacer las cosas de acuerdo con su propio método; se oponen a las consultas y se impacientan cuando otro los dirige. Se requieren planes bien maduros en el servicio de Dios. El sentido común es algo excelente en el culto que se rinde al Señor (El evangelismo, p. 368).

Viernes 22 de julio:

Para estudiar y meditar

Patriarcas y profetas, pp. 356-390; Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 230-232.

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