Lección 3 – Notas de Elena G. de White

14 07 2011

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III Trimestre de 2011 – La Adoración

Notas de Elena G. de White

EL SÁBADO Y LA ADORACIÓN


 

Sábado 9 de julio 

Somos propiedad del Señor tanto por creación como por redención. Somos totalmente súbditos suyos, y sometidos a las leyes de su reino. Que nadie dé cabida al engaño de que el Señor Dios del cielo y de la tierra no tiene ley para controlar y gobernar a los súbditos. Dependemos de Dios para todo aquello que disfrutamos. Recibimos de él el alimento que tomamos, las ropas que vestimos, el aire que respiramos, la vida que gozamos día tras día. Estamos bajo la obligación de ser gobernados por su voluntad y reconocerlo como nuestro supremo gobernante…

Debemos gratitud a Dios por la revelación de su amor en Cristo Jesús; y como instrumentos humanos inteligentes hemos de revelar al mundo el tipo de carácter que resultará de la obediencia a cada declaración de la ley del gobierno de Dios. En perfecta obediencia a su santa voluntad, hemos de manifestar adoración, amor, alegría y alabanza, y de este modo honraremos y glorificaremos a Dios (La maravillosa gracia de Dios, p. 58).

Domingo 10 de julio:

Creación y redención: el fundamento de la adoración

El deber de adorar a Dios estriba en la circunstancia de que él es el Creador, y que a él es a quien todos los demás seres deben su existencia. Y cada vez que la Biblia presenta el derecho de Jehová a nuestra reverencia y adoración con preferencia a los dioses de los paganos, menciona las pruebas de su poder creador. “Todos los dioses de los pueblos son ídolos; mas Jehová hizo los cielos” (Salmo 96:5). “¿A quién pues me compararéis, para que yo sea como él? dice el Santo. ¡Levantad hacia arriba vuestros ojos, y ved! ¿Quién creó aquellos cuerpos celestes?” “Así dice Jehová, Creador de los cielos (él solo es Dios), el que formó la tierra y la hizo… ¡Yo soy Jehová, y no hay otro Dios!” (Isaías 40:25, 26; 45:18, V.M.). Dice el salmista: “Reconoced que Jehová él es Dios: él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos”. “¡Venid, postrémonos, y encorvémonos; arrodillémonos ante Jehová nuestro Hacedor!” (Salmos 100:3; 95:6, V.M.). Y los santos que adoran a Dios en el cielo dan como razón del homenaje que le deben: “¡Digno eres tú, Señor nuestro y Dios nuestro, de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas!” (Apocalipsis 4:11, V.M.).

En el capítulo 14 del Apocalipsis se exhorta a los hombres a que adoren al Creador, y la profecía expone a la vista una clase de personas que, como resultado del triple mensaje, guardan los mandamientos de Dios. Uno de estos mandamientos señala directamente a Dios como Creador. El cuarto precepto declara: “El séptimo día será sábado a Jehová tu Dios… porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, la mar y todas las cosas que en ellos hay; y en el día séptimo reposó; por tanto Jehová bendijo el día del sábado, y lo santificó” (Éxodo 20:10, 11, Versión Valera de la S.B.A.). Respecto al sábado, el Señor dice además, que será una “señal… para que sepáis que yo soy Jehová vuestro Dios” (Ezequiel 20:20, Id.). Y la razón aducida es: “Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, y en el séptimo día cesó, y reposó” (Éxodo 31:17).

“La importancia del sábado, como institución conmemorativa de la creación, consiste en que recuerda siempre la verdadera razón por la cual se debe adorar a Dios, porque él es el Creador, y nosotros somos sus criaturas. Por consiguiente, el sábado forma parte del fundamento mismo del culto divino, pues enseña esta gran verdad del modo más contundente, como no lo hace ninguna otra institución. El verdadero motivo del culto divino, no tan solo del que se tributa en el séptimo día, sino de toda adoración, reside en la distinción existente entre el Creador y sus criaturas. Este hecho capital no perderá nunca su importancia ni debe caer nunca en el olvido” (J. N. Andrews, History of the Sabbath, cap. 27). Por eso, es decir, para que esta verdad no se borrara nunca de la mente de los hombres, instituyó Dios el sábado en el Edén y mientras el ser él nuestro Creador siga siendo motivo para que le adoremos, el sábado seguirá siendo señal conmemorativa de ello. Si el sábado se hubiese observado universalmente, los pensamientos e inclinaciones de los hombres se habrían dirigido hacia el Creador como objeto de reverencia y adoración, y nunca habría habido un idólatra, un ateo, o un incrédulo. La observancia del sábado es señal de lealtad al verdadero Dios, “que hizo el cielo y la tierra, y el mar y las fuentes de agua”. Resulta pues que el mensaje que manda a los hombres adorar a Dios y guardar sus mandamientos, los ha de invitar especialmente a observar el cuarto mandamiento (El conflicto de los siglos, pp. 489- 491).

 Lunes 11 de julio:

Acuérdate de tu Creador

Las mentes más desarrolladas, si no son guiadas por la Palabra de Dios en su obra investigadora, se aturden en su tentativa de encontrar la relación de la ciencia con la revelación. El Creador y sus obras están más allá de toda comprensión; y debido a que no pueden explicar estas cosas por las leyes naturales, consideran la historia bíblica indigna de confianza. Los que dudan de la confiabilidad de los relatos del Antiguo y del Nuevo Testamento serán conducidos un paso más allá, y dudarán de la existencia de Dios; permiten entonces que su ancla se les escape de las manos, y son abandonados para que se golpeen contra las rocas de la incredulidad (Mensajes selectos, tomo 3, p. 351).

El sábado fue dado a la humanidad entera para conmemorar la obra de la creación. Después de colocar los fundamentos de la tierra, después de vestir al mundo entero con su manto de hermosura, y de crear todas las maravillas de la tierra y el mar, el gran Jehová instituyó el día sábado y lo santificó. Cuando cantaban juntas las estrellas del alba, y todos los hijos de Dios daban voces de júbilo, el sábado fue apartado como un monumento divino. Dios santificó y bendijo el día durante el cual reposó de toda su obra admirable. Y este sábado santificado por Dios, debía guardarse como un pacto perpetuo. Era un monumento conmemorativo que debía perdurar durante todas las edades, hasta el fin de la historia terrenal. Dios rescató a los hebreos de su esclavitud egipcia, y les ordenó observar su sábado, y guardar la ley que había sido dada en el Edén. Realizó un milagro cada semana, con el fin de establecer en sus mentes el hecho de que al comienzo del mundo había instituido su sábado…

Así como el árbol del conocimiento constituyó la prueba para la obediencia de Adán, la observancia del cuarto mandamiento es la prueba que Dios ha establecido para probar la lealtad de todo su pueblo. La experiencia de Adán seguirá siendo una amonestación para nosotros mientras el tiempo perdure. Nos advierte que no recibamos ninguna instrucción de la boca de seres humanos ni de ángeles, que nos aparte una jota o una tilde de la sagrada ley de Jehová (Exaltad a Jesús, p. 47).

Desde la columna de nube Jesús “habló… a Moisés, diciendo:… En verdad vosotros guardaréis mis días de reposo; porque es señal entre mí y vosotros por vuestras generaciones, para que sepáis que yo soy Jehová que os santifico” (Éxodo 31:12,13).

El sábado es una señal o prenda dada por Dios al hombre: una señal de la relación que existe entre el Creador y sus seres creados. Los israelitas estaban declarando delante del mundo su  lealtad al único Dios verdadero y viviente, el soberano del universo, al observar el monumento conmemorativo de la creación del mundo en seis días y del descanso del Creador en el séptimo día, al observar el sábado como día santo de acuerdo a las instrucciones divinas.

Cuando los cristianos observan el verdadero sábado, deben presentar siempre al mundo un testimonio fiel de su conocimiento del Dios vivo y verdadero como una distinción con los dioses falsos, pues el Señor del sábado es el Creador de los cielos y la tierra, el Ser exaltado sobre todos los demás dioses (Mensajes selectos, tomo 3, pp. 292, 293).

Martes 12 de julio:

Liberación de la esclavitud

Dios ha declarado en su Palabra que el séptimo día es una señal entre él y su pueblo escogido: Una señal de la lealtad de ese pueblo… El sábado es el día que Dios ha elegido. El Señor no ha dejado este asunto en manos de sacerdotes o dirigentes para que ellos lo modifiquen. Es demasiado importante para ser sometido al arbitrio humano. Dios vio que los hombres estudiarían sus propias conveniencias y elegirían el día que mejor se ajustara a sus inclinaciones, un día que no contara en absoluto con el apoyo de la autoridad divina; y el Señor ha manifestado claramente que el séptimo día es su día de reposo.

Cada habitante de este mundo está sujeto a las leyes del gobierno de Dios. El Señor ha puesto el sábado en el centro del Decálogo y ha hecho de él la norma de la obediencia. Por su intermedio podemos aprender acerca del poder divino según está manifestado en sus obras y en su Palabra (¡Maranata: El Señor viene!, p. 236).

El Espíritu de Dios no crea nuevas facultades en el hombre convertido, sino que obra un cambio decidido en el empleo de esas facultades. Cuando se efectúa un cambio en la mente, en el corazón y en el alma, al hombre no se le da una nueva conciencia, sino que su voluntad queda sometida a una conciencia renovada, a una conciencia cuyas sensibilidades adormecidas son despertadas por la obra del Espíritu Santo.

Al someterse al pecado, el hombre coloca su voluntad bajo el control de Satanás. Se convierte en un cautivo impotente del poder del tentador. Dios envió a su Hijo al mundo para romper el poder de Satanás, y para emancipar la voluntad del hombre. Lo envió a proclamar libertad a los cautivos, para aliviar las pesadas cargas, y para libertar al oprimido. Al derramar todo el tesoro del cielo en este mundo, al darnos en Cristo a todo el cielo, Dios ha comprado la voluntad, los afectos, la mente y el alma de cada ser humano. Cuando el hombre se coloca bajo el control de Dios, la voluntad adquiere fuerza y fortaleza para obrar el bien, el corazón es limpiado de egoísmo, y llenado del amor de Cristo. La mente se somete a la ley del amor y cada pensamiento es sometido a la obediencia de Cristo.

Cuando se pone la voluntad del lado del Señor, el Espíritu Santo se posesiona de aquella voluntad y la hace una con la voluntad divina.

El Señor ama al hombre. El ha dado evidencia de este amor dando a su Hijo unigénito para que muriera por el hombre, para poder, mediante su gracia, redimirlo de su hostilidad hacia Dios, y conducirlo a la lealtad a él. Si el hombre quiere colaborar con Dios, el Señor pondrá la voluntad humana en relación con él, y la vitalizará por su propio Espíritu… El evangelio debe ser recibido para regenerar el corazón, y la recepción de la verdad significará la entrega de la mente y la voluntad a la voluntad del poder divino.

La voluntad del hombre está segura, únicamente cuando se une con la voluntad de Dios (Nuestra elevada vocación, p. 106).

Miércoles 13 de julio:

Recuerda a quien te santifica

Así como el sábado fue la señal que distinguía a Israel cuando salió de Egipto para entrar en la Canaán terrenal, así también es la señal que ahora distingue al pueblo de Dios cuando sale del mundo para entrar en el reposo celestial. El sábado es una señal de la relación que existe entre Dios y su pueblo, una señal de que éste honra la ley de su Creador. Hace distinción entre los súbditos leales y los transgresores.

Desde la columna de nube, Cristo declaró acerca del sábado: “Con todo eso vosotros guardaréis mis sábados: porque es señal entre mí y vosotros por vuestras edades, para que sepáis que yo soy Jehová que os santifico” (Éxodo 31:13.) El sábado que fue dado al mundo como señal de que Dios es el Creador, es también la señal de que es el Santificador. El poder que creó todas las cosas es el poder que vuelve a crear el alma a su semejanza. Para quienes lo santifican, el sábado es una señal de santificación. La verdadera santificación es armonía con Dios, unidad con él en carácter. Se recibe obedeciendo a los principios que son el trasunto de su carácter. Y el sábado es la señal de obediencia. El que obedece de corazón al cuarto mandamiento, obedecerá toda la ley. Queda santificado por la obediencia.

A nosotros, como a Israel, nos es dado el sábado “por pacto perpetuo”. Para los que reverencian el santo día, el sábado es una señal de que Dios los reconoce como su pueblo escogido. Es una garantía de que cumplirá su pacto en su favor. Cada alma que acepta la señal del gobierno de Dios, se coloca bajo el pacto divino y eterno. Se vincula con la cadena áurea de la obediencia, de la cual cada eslabón es una promesa (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 16, 17).

Dios le dio el sábado a su pueblo como una continua señal de su amor y misericordia, y como prueba de su obediencia. Así como él descansó y se deleitó en sus obras, también deseaba que su pueblo descansara y se deleitara, y recordara que estaba incluido en el pacto de gracia. Él dice: “Para todas vuestras generaciones, el sábado será mi señal y mi pacto de que os he santificado, elegido y apartado como mi pueblo peculiar. Al guardar el santo sábado, será un testimonio a todas las naciones de la tierra de que sois mi pueblo elegido”. 

Durante su esclavitud en Egipto, los hijos de Israel perdieron su conocimiento del verdadero sábado y su conocimiento del Creador. Cuando Dios los llamó a salir de Egipto, les dio su ley en el desierto; una ley que era la expresión de su carácter y autoridad. Desde el Monte Sinaí presentó los mandamientos con voz audible y los escribió con su dedo en tablas de piedra para mostrar su carácter imperecedero. Y en medio de su ley, declaró: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo… Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó” (Review and Herald, 28 de octubre, 1902).

El sábado del cuarto mandamiento es el sello del Dios viviente. Señala a Dios como Creador y es la señal de su autoridad sobre todas las cosas que él ha hecho. Aquellos que obedecen su ley tienen el sello de Dios, porque él ha apartado ese día como señal de su lealtad. En el Monte Sinaí le dijo a Moisés: “Tú hablarás a los hijos de Israel, diciendo: En verdad vosotros guardaréis mis días de reposo; porque es señal entre mí y vosotros por vuestras generaciones, para que sepáis que yo soy Jehová que os santifico” (Éxodo 31:13) (Signs of the Times, 22 de marzo, 1910).

Jueves 14 de julio:

Descansar en la redención

La observancia del sábado entraña grandes bendiciones, y Dios desea que el sábado sea para nosotros un día de gozo. La institución del sábado fue hecha con gozo. Dios miró con satisfacción la obra de sus manos. Declaró que todo lo que había hecho era “bueno en gran manera” (Génesis 1:31) El cielo y la tierra se llenaron de regocijo. “Las estrellas todas del alba alababan, y se regocijaban todos los hijos de Dios” (Job 38:7). Aunque el pecado entró en el mundo para mancillar su obra perfecta, Dios sigue dándonos el sábado como testimonio de que un Ser omnipotente, infinito en bondad y misericordia, creó todas las cosas. Nuestro Padre celestial desea, por medio de la observancia del sábado, conservar entre los hombres el conocimiento de sí mismo. Desea que el sábado dirija nuestra mente a él como el verdadero Dios viviente, y que por conocerle tengamos vida y paz.

Cuando el Señor liberó a su pueblo Israel de Egipto y le confió su ley, le enseñó que por la observancia del sábado debía distinguirse de los idólatras. Así se crearía una distinción entre los que reconocían la soberanía de Dios y los que se negaban a aceptarle como su Creador y Rey. “Señal es para siempre entre mí y los hijos de Israel”, dijo el Señor. “Guardarán, pues, el sábado los hijos de Israel: celebrándolo por sus edades por pacto perpetuo” (Éxodo 31:17,16).

Así como el sábado fue la señal que distinguía a Israel cuando salió de Egipto para entrar en la Canaán terrenal, así también es la señal que ahora distingue al pueblo de Dios cuando sale del mundo para entrar en el reposo celestial. El sábado es una señal de la relación que existe entre Dios y su pueblo, una señal de que éste honra la ley de su Creador. Hace distinción entre los súbditos leales y los transgresores (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 16, 17).

El que vino a nuestro mundo para buscar y salvar lo que se había perdido, dio su propia vida para darle al ser humano una segunda oportunidad. Su amor y compasión no tienen paralelo. Ha hecho provisión para que ninguno perezca. El divino Hijo de Dios, la Luz y la Vida, vino a este mundo para atraer a todo ser humano a sí mismo y librarlo de la opresión satánica. Nos invita: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (S. Mateo 11:28, 29). De esta manera quiere brindar su gracia a todos los que se unen con él, y colocar su sello de lealtad y obediencia a los que guardan su santo sábado (Manuscript Releases, tomo 19, pp. 165, 166).

Viernes 15 de julio:

Para estudiar y meditar

Patriarcas y profetas, pp. 24-33; 102-109; El Deseado de todas las gentes, pp. 248-256.

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